miércoles, 23 de junio de 2010

Zombis en el aeropuerto

Reproduzco aquí la fantástica columna de Juan Manuel de Prada, publicada en XL Semanal el domingo, 8 de noviembre de 2009 (aunque habría que indicar que está claro que nunca ha volado en una compañía de bajo coste, por eso que dice de que «cada pasajero posee un billete numerado que le asegura un asiento específico que ningún otro pasajero le puede arrebatar.»)


Siempre he profesado un odio resignado a los aeropuertos, esos delirios arquitectónicos que consumen mi paciencia y humillan mi condición humana y ponen a prueba mi estupor hasta extremos de paroxismo o desesperación. Últimamente, aquel odio dócil y conformista se ha ido transformando en un aborrecimiento beligerante y rencoroso, pues he descubierto que los aeropuertos no sólo están diseñados para torturar y exasperar al usuario, sino que quienes los concibieron lo hicieron con órdenes estrictas de convertirlos en escuelas de gregarismo y alienación.
Comprendo que esta afirmación pueda sonarles hiperbólica o paranoica, pero está constatada empíricamente. Después de estudiar el comportamiento humano en estos hangares febriles, mi hipótesis ha devenido certeza: alguna inteligencia aviesa los ha creado para estimular nuestras conductas más cerriles e infrahumanas, más irracionales e imitativas. Fíjense, por ejemplo, en la reacción de los pasajeros cuando se anuncia el embarque en el avión. Cada pasajero posee un billete numerado que le asegura un asiento específico que ningún otro pasajero le puede arrebatar. ¿A qué se debe, entonces, la avalancha que instantáneamente se produce cuando la megafonía convoca a los viajeros? Familias enteras, bien provistas de enojosos equipajes y proles gritonas, en lugar de quedarse quietecitas en la sala de espera y aguardar su turno con tranquila displicencia, se abalanzan sobre el mostrador de embarque, formando colas kilométricas. Durante quince o veinte minutos, la cola avanza con lentitud exasperante, pero quienes la componen no se rinden a la evidencia, y perseveran en el gesto cansino de arrastrar sus maletas por el suelo y sacudir cachetes a sus hijitos impacientes y cargar en brazos con los más pequeños, en lugar de esperar repantigados en la sala de espera, hasta que el mostrador se descongestione. Da la impresión de que los pasajeros prefieren imaginarse que las plazas del avión están racionadas; y que sólo haciendo méritos en la cola se harán acreedores a una de ellas.
Otros signos de gregarismo y alienación se pueden rastrear en los aeropuertos. ¿No han reparado en la ansiedad un poco epiléptica que ilustra los rostros de los pasajeros cuando se disputan los carritos para transportar el equipaje? ¿Y qué decir de esa nueva conducta patológica generada por las alfombras deslizantes, ese nuevo ingenio que abrevia el trayecto por los inacabables pasillos de los aeropuertos? Las susodichas alfombras han sido instaladas para agilizar el paso y acortar las distancias. Sin embargo, no resulta infrecuente contemplar la reacción absurda de viajeros apresurados que avanzan por los hangares del aeropuerto empujando su carrito y que, al llegar a estas alfombras deslizantes, ¡se detienen! Increíble, pero cierto. Aquejados hasta ese preciso instante por una premura desquiciada, los viajeros se quedan quietecitos sobre la alfombra deslizante, como si el cosquilleo que el ingenio les produce en las plantas de los pies se transmitiese voluptuosamente hasta su entrepierna. Huelga añadir que, al pararse con su carrito, obstaculizan el paso de los que vienen detrás. Durante los minutos que dura el plácido transporte, los viajeros miran con ensimismado arrobo las instalaciones del aeropuerto, como turistas paletos que estuviesen asistiendo a un irrepetible espectáculo de la naturaleza. Luego, cuando la alfombra deslizante se acaba, los viajeros recuperan su premura desquiciada y empujan sus carritos con la misma vehemencia de antes, como si compitieran por ser los primeros en morir de infarto.
Quizá la responsabilidad de estos comportamientos gregarios e irracionales corresponda a las musiquitas horteras propagadas por la megafonía del aeropuerto, que actúan como disolvente sobre las neuronas. Melodías empalagosas, percusivas, pegadizas y abrumadoramente reiterativas, sólo interrumpidas por los mensajes bilingües que anuncian la salida de los vuelos. Tampoco estos mensajes bilingües se escapan a la sinrazón; la circunspecta voz enlatada que los emite en lengua nativa pronuncia nítidamente ‘Iberia’, pero al traducirlos a la lengua foránea ensaya un rocambolesco ‘Ai-biria’, con acento de Minnesota por lo menos. Más estupefaciente aún es la traducción que nos proponen de ‘La Coruña’, convertida en una irreconocible ‘A Coru-na’, así, sin la pestañita de la eñe. Pero a nadie parecen sorprenderle estos dislates lingüísticos: un gregarismo de zombis complacientes invade los aeropuertos.

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