viernes, 9 de julio de 2010

La ira de los taxistas sorprende Madrid.


24 horas de paro no anunciado dejan estaciones y aeropuertos sin taxis y el centro colapsado. Cinco chóferes detenidos en el día que se aprueba una ley liberalizadora.
Tres y cinco de la tarde. Plaza de Neptuno. Un grupo de taxistas tira piedras a un taxi ocupado. La viajera sale corriendo. Apedrean los faros. Cada vez son más. Cortan la calle. Doscientos taxistas paran el tráfico del Paseo del Prado. Están indignados. Se acaba de aprobar en el Congreso la Ley Ómnibus. Su ruina, piensan. Creen que es abrir la puerta a cualquiera que quiera llevar a un pasajero.
-Aquí no pasa ni Dios.
Los policías llegan corriendo. Los coches atrapados pitan. Pero no, por ahí no pasa ni Dios durante más de 20 minutos. «Son trabajadores, como nosotros, hay que dejarles pasar». Los taxistas negocian entre ellos, confusos. Unos piden barricadas, otros comprensión. Y abren un resquicio en una de las vallas. Pasa un automóvil. Pasa una ambulancia. A Irene, al volante de su coche burdeos, le vuelven a cerrar el paso. Está nerviosa. Llega tarde. Se sube al capó y grita pidiendo paso.
Al coche le caen golpes, patadas. A ella, gritos: «¡Loca, loca!», le dicen. Un policía la baja. Otros dos la rodean para que no la toquen. Responde: «¡Loco tú que te vas a morir de hambre!». Silencio. Irene ha dado donde más les duele. Los exaltados, como otros miles de taxistas que ayer se echaron a la calle, temen la ruina, el hambre de las 80.000 familias que viven del sector.
Los paros habían empezado la madrugada anterior. Barajas se quedó sin taxis, igual que las estaciones de tren y autobús. Hasta pedirlo por teléfono era difícil.
Los taxistas querían frenar ayer in extremis la votación de la Ley Ómnibus. No lo consiguieron. Y durante unas horas, jugaron a tomar la ciudad, a «parar el país», como gritaban puño en alto a unos metros del Congreso, tomado por la policía para impedirles pasar. Hubo cinco detenidos y 35 identificados. Por la noche, siguieron con cortes esporádicos de tráfico en calles céntricas. Y prometían dejar la ciudad sin taxis durante los próximos días.
Da marcha atrás aterrorizado. Lleva la luna ruta, los retrovisores aplastados, el rostro desencajado. Ese conductor, con su furgoneta negra llena de golpes, simboliza para ellos el diablo. Es la competencia, quien le disputa su pan, aunque los taxistas son 80.000 y sólo hay 2.000 furgonetas en toda España, según datos del Gobierno. Le gritan, le amenazan: «¡Hay que partirle la cara!» El conductor huye, escoltado por la policía, al inicio de la marcha. Una manifestación convocada por la Unión Nacional de Asociaciones Libres de Auto patronos del Taxi (UNALT) y la Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos-ATA, con el respaldo de las grandes asociaciones de Madrid (Gremial y Federación).
«¡Le tenían que haber quemado, él es contra lo que estamos luchando!», grita Laura Magaz, cabreada. Es taxista. Y guerrera. Durante todo el día gritará pidiendo más madera: «¡Echémonos a la calle, hay que parar Madrid!». Y como ella, otros dos centenares que pasaron del recorrido y el tiempo oficial -de 11.00 a 13.00, de Atocha a la plaza de la Lealtad- con grandes enfrentamientos.
Las proclamas siguen al entrar en el Paseo del Prado. «¡Zapatero dimisión!», grita un hombre que se desgañita. Delante de la pancarta, como dos amigas que pasean, las taxistas Feli Collado y Josefa Serrano se desmarcan de los vándalos. «Ninguna protesta fuera de la oficial nos va a venir bien», asegura Feli. Demasiado tarde. Mucho de lo que ocurrió ayer se salió de lo oficial. Taxis con lunas rotas por prestar servicio, viajeros sacados de los coches a empujones, piquetes en Barajas y en las grandes estaciones, como Príncipe Pío. «Vengo de Pamplona y no tengo con qué llegar al centro», protesta Delia en la T-4. Álvaro Agosti, cargado de equipaje, está destrozado tras 11 horas de vuelo desde Río de Janeiro. Tampoco hay luz verde encendida para él. Muchos pasajeros salieron del aeropuerto en metro, que ayer incrementó un 67% el número de viajes en la línea 8, la de Barajas.
«¡Vamos al Congreso, al Congreso!». La marcha -en la que participaron hasta 30.000 personas, según los organizadores- para frente al museo del Prado. A mediodía, el grupo más numeroso se mantiene en el lado correcto. «No podemos ir allí, no está permitido, tendremos problemas», se desgañita un organizador. No todos escuchan. Corren por decenas a la calle Lope de Vega. Llegan gritando a la sede de Comisiones Obreras. Lanzan huevos y vallas y golpean la puerta a patadas. «¡Hijos de puta!, ¿dónde están los sindicatos? ¡Apoyadnos!», grita uno. Otro se baja los pantalones frente a la puerta ya cerrada.
En Neptuno, frente al Congreso, el paso está cerrado. Siete furgonetas policiales (el número se irá incrementando con el paso de las horas) están cruzadas e impiden el paso a las Cortes. «¡Avalancha, a las barricadas!», grita un taxista.
José Ignacio, que tiene la mirada triste, hace resumen de pérdidas. Acaba de sacarse la licencia del taxi: 180.000 euros. La letra, la gasolina, los seguros suponen 3.000 euros mensuales. Se sienta al volante 12 horas al día. Entre unas cosas y otras, dice, gana un sueldo de “mileurista”. Como otros, aguarda a unos metros del Congreso. Son miles que acabarán reducidos a cientos y que cortaron la avenida durante más de cuatro horas después de la marcha oficial.
Negociación en el cordón policial. Los representantes del sector lo traspasan (con permiso) para llegar hasta el Congreso. Tienen una cita con parlamentarios de la oposición. Entre ellos, Mariano Rajoy, que los saluda uno a uno y les promete dar la batalla: «Sólo quiero deciros que sigáis ahí, ésta es una muestra más de que este Gobierno hace una política económica absurda».
Pero la ley se aprueba. El grupo parlamentario socialista insiste en que no hay nada en ese articulado que dañe al taxi. «No afecta a ese sector, hemos eliminado la única parte que ellos interpretaban como un riesgo», asegura la diputada María Antonia Trujillo. Dentro del artículo 21 había una coletilla que permitía a los vehículos de alquiler con conductor moverse libremente por todas las comunidades autónomas. Ayer se borró antes de la aprobación. El articulado no afecta a sus tarifas, ni a las nuevas posibles licencias de furgonetas, asegura la diputada, porque éstas se regulan desde las comunidades autónomas. «Todo lo demás es un gran malentendido», añade Trujillo.
Un “malentendido” que prendió Madrid tras los votos. Que sacó de quicio a Irene cuando le cortaron el paso en el Prado, que llenó la estación de Atocha con 200 piquetes por la tarde. Lanzaron piedras y huevos. «Es increíble que te juegues así el pan de tus hijos y tu carrera», gritó uno a otro compañero que llevaba a una pasajera. La hicieron bajar. Cinco taxistas fueron detenidos, acusados de coacciones, daños y desórdenes públicos, además de lesionar a un taxista.
Los dirigentes llamaron a la calma, condenaron la violencia. Pero a las puertas de la Gremial, en la calle de Santa Engracia, los concentrados prometían anoche más movilizaciones. «O lo paramos ahora o nos vamos todos a la ruina», chilló uno. Otros amenazaron con llenar la noche de piquetes.
El artículo de la polémica.
- El artículo 21 de la Ley Ómnibus incluye una modificación del 131 de la Ley de Transportes Terrestres, que queda así: «El arrendamiento de vehículos con conductor tendrá, a efectos de (...) ordenación de los transportes por carretera, la consideración de transporte discrecional de viajeros (...)». Ayer se eliminó la coletilla: «Las autorizaciones de arrendamiento de vehículos con conductor no podrán condicionar el origen o destino (...)».

1 comentario:

  1. allí estuvimos Quique y yo. menuda pandilla!!!!
    http://www.flickr.com/photos/64743310@N00/sets/72157622894476839/

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