viernes, 16 de julio de 2010

Mi sonrisa

Domingo, 03 de enero de 2010 (XL Semanal).
Desazonadora carta de D. ª María Ángeles Viu (visto lo visto, puede que fuera más propio titular este diario “hijos e hijas de puta”, mejor que “imbéciles e imbécilas”).



Aprovecho la última hora de la mañana para ir a Bienestar Social a solicitar mi tarjeta de discapacidad. Como soy sorda, pido, por favor, que me hablen despacio para que pueda leer los labios. Pero ella casi ni me mira, toma el papel y teclea su ordenador; después hace un comentario que yo no oigo. Se lo digo amablemente, pero se molesta, sigue hablando muy deprisa y sin mirarme; yo tengo la barbilla pegada al mostrador para intentar seguir sus labios, pero sigo sin saber qué me está diciendo. Finalmente, me hace un gesto con la mano, como apartándome… Todo mi cuerpo está en tensión, empiezo a sentirme muy mal. «El que no la oiga por ser sorda es algo que no puedo remediar y no estaría de más un poco de consideración y educación.» Las palabras me salen de sopetón. Ahora sí levanta la vista, me dice que me tranquilice, que no es nada, pero no sabe el sufrimiento que me causa no saber nunca qué me están diciendo ni la impotencia de hacer un sobreesfuerzo tan enorme, tanto a nivel mental como físico e, incluso, por qué no decirlo, emocional, para intentar entender las palabras. Tan sencillo como vocalizar mirándome, se lo he pedido todas las veces con mi sonrisa que finalmente me ha medio devuelto, pero el esfuerzo ha sido sólo mío y me siento, una vez más, muy, muy cansada.


Teniendo en cuenta nuestras cifras de desempleo y el carácter inhumano de muchos “dictadores de ventanilla”, quizá haya llegado el momento de plantearse si determinadas personas se están mereciendo de veras su universal derecho al trabajo; si de Derechos Humanos estamos hablando, parece lógico argumentar que quien no sea humano carece de ellos y debería ceder su puesto a quien vaya a desempeñarlo al menos con una pizca de humanidad.

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