martes, 25 de abril de 2017

La concejala de Cultura de Valencia se despide con más de 30 faltas de ortografía en un texto de 19 líneas



Mayrén Beneyto, la concejala de Cultura del Ayuntamiento de Valencia (PP), ha anunciado en su Facebook que se aparta de la política activa tras las próximas elecciones municipales y no estará en las listas del partido. Lo hace a través de un mensaje en la red social plagado de faltas de ortografía, comas mal puestas, errores de puntuación y erratas. Sin contar las expresiones confusas o los fallos provocados por el autocorrector («Aria» por área, por ejemplo), suman más de 30 en un breve texto de 19 líneas de mensaje en móvil.
Beneyto lleva 24 años en el Ayuntamiento y desde 2011 es la máxima responsable cultural de la ciudad de Valencia. También es presidenta del Palau de la Música desde 1992, considerado como uno de los mejores auditorios del país. Compatibiliza esta función con la de edil responsable de museos, monumentos, la red de bibliotecas públicas y los conservatorios municipales de la tercera ciudad de España. Las fiestas de las Fallas también están entre sus atribuciones.
Con este sorprendente mensaje del viernes a las 23.21 en la red social, la concejala se adelantó a los deseos de la alcaldesa Barberá, que ya había anunciado su intención de prescindir de algunos nombres en la lista. «Dejo mi puesto, con “las misma” ilusión y ganas que el primer día» (falta concordancia). Beneyto cita en su despedida a miembros de Unió Valenciana, el partido valencianista con el que entró en política, y se refiere también a la alcaldesa, a la que agradece su apoyo. Sin embargo, tres días después, la propia Barberá le ha enmendado la plana anunciando que Mayrén Beneyto sí estará en las listas municipales del PP: en el último puesto. También se dirige la concejala a los “melomanos” (por melómanos) y se refiere al «apoyo del “Pueblo”» (en lugar de pueblo).
Beneyto también dedica unas palabras en su mensaje de agradecimiento a la “Teniencia” (por Tenencia) de Alcaldía. Precisamente por el primer teniente de alcalde, Alfonso Grau, Beneyto fue llamada a declarar como testigo del caso Nóos por el juez Castro. Allí confirmó que Grau era quien tenía la responsabilidad y quien tomaba las decisiones a la hora de hacer los encargos a la empresa de Urdangarin. Más tarde Grau fue imputado y tuvo lugar su sonora dimisión.
Sin embargo, Beneyto se ha querido desmarcar de cualquier interpretación referente a que su salida tenga que ver con apuntar a Grau ante el juez. Por eso, la concejala ha escenificado que está en sintonía con su «amiga» Rita Barberá, a la que ha calificado de «gran alcaldesa y ni es vengativa ni cambia cromos».
Asidua a eventos sociales y recién casada con el subdirector del Palau, la concejala es conocida también por adjudicar el contrato del Teatre El Musical al productor José Luis Moreno. Un año después lo rescindió, ya que el ahora productor de La alfombra roja palace (TVE) no pagaba ni a Hacienda ni a la Seguridad Social. Eldiario.es se ha puesto en contacto con el equipo de Mayrén Beneyto, que no ha contestado sobre su polémica despedida plagada de faltas.

martes, 4 de abril de 2017

Sobre aventura y responsabilidad (Arturo Pérez-Reverte)



Hace unos días, un joven español que da la vuelta al mundo en bicicleta fue atacado en Pakistán, junto a la frontera afgana. Intento de secuestro. Él salvó el pellejo, pero siete guardias que lo escoltaban murieron en el ataque y nueve fueron heridos. La cosa ocurrió en la región de Baluchistán, calificada por el ministerio de Exteriores español como muy peligrosa, pues por allí campan narcotraficantes, yihadistas y talibanes, y las acciones de terrorismo son frecuentes. Seiscientas personas murieron con violencia durante el año pasado; y un día antes del ataque contra el español, una treintena de peregrinos chiíes había muerto al estallar una bomba en un autobús donde iban mujeres y niños. Aun así, desafiando el peligro con mucha entereza, nuestro compatriota quiso recorrer la zona, y las autoridades pakistaníes le proporcionaron escolta para hacerlo. Esa escolta hizo su trabajo de forma eficaz: combatió con dureza y llevó al joven a una zona segura, donde fue atendido por las autoridades diplomáticas españolas. Fin del episodio.
Hasta ahí todo parece en regla: viajero ilusionado y valiente, autoridades locales abnegadas, diplomacia española al quite. El ciclista español es un ingeniero químico, supongo que en paro, embarcado en una aventura cuyo rastro puede seguirse en el diario de viaje y el blog que, etapa tras etapa, mantiene en las redes sociales. Sin embargo —y discúlpeme el valiente joven por ser aguafiestas—, hay otra posible lectura del asunto. El incidente ocurrió en una zona de extremo riesgo, de la que él estaba advertido, y por la que decidió transitar. Esa actitud suena a mala costumbre muy extendida entre turistas y viajeros occidentales: creer que, en zonas críticas, las autoridades locales tienen obligación de protegerlos a toda costa, y que cuando hay problemas, el ministerio de Exteriores correspondiente debe intervenir para rescatarlos y devolverlos a casa. Todo eso, claro, en zonas donde ni los mismos naturales de allí, militares incluidos, se encuentran a salvo.
Hay demasiado aventurero así, me parece. Gente convencida de que la vida real es como en las películas donde suelen salvarse los buenos. O, como parecen opinar demasiados buenistas, incautos y bobos, que todos los seres humanos comparten el buen rollito respecto a lo sagrado de la vida humana y tal; cuando, en realidad, en la mayor parte del planeta la vida humana no vale una puñetera mierda. Que se lo digan a Pippa Vaca, aquella artista italiana que hacía autoestop vestida de novia para probar la bondad universal; y que, naturalmente —el mundo se rige por horrores e infamias naturales—, fue violada y estrangulada en Turquía, no por ser mujer sino por ser gilipollas. Como ella, que no pudo contarlo, hay demasiados turistas o tontiaventureros que sí pueden contarlo, y se quejan de que en la selva hay fieras, en el mar tiburones, en las playas paradisíacas tsunamis —por eso llevan siglos siendo paradisíacas, idiotas— y en las guerras balas que zumban y matan. Mucho turista, resumiendo, que sale indignado en el telediario porque quiso hacer turismo de riesgo en una prisión y le partieron el ojete al agacharse a coger el jabón en las duchas.
Algunos amigos míos y yo mismo, en otro tiempo —permítanme el apunte personal—, llevamos escolta en territorios comanches. A veces sí, a veces no. Y en varias ocasiones murió gente por protegernos, en el Líbano, en El Salvador, en los Balcanes y sitios por el estilo. Pregúntenle a Márquez, a Gerva, a Alfonso Rojo, a Fernando Múgica, a Ramón Lobo… A Miguel Gil, en Sierra Leona, o a Julio Fuentes, en Afganistán, los mataron cuando iban sin escolta, y quizás tampoco habría servido de nada. Pero se trataba de reporteros profesionales haciendo un trabajo duro. Que te escoltaran, que te mataran o no, era parte del oficio. Y aun así. Pocas veces iban diplomáticos al rescate, y nadie se enfadaba por ello. Nadie fue a sacarnos de Vukovar, por ejemplo, donde hubo que arreglárselas solos. Ni de Eritrea, cuando a uno que conozco le dieron un Kalashnikov y le dijeron: la frontera de Sudán está a ciento cincuenta kilómetros, así que búscate la vida. Ninguno protestaba, ni su familia se quejaba a Exteriores. Era un trabajo peligroso. Eran las reglas.
Por eso me pregunto hasta qué punto, en el mundo idiota en que vivimos, una aventura personal tiene derecho a pedir protección. Cómo se justifican los gastos, las inquietudes, las desgracias que puede ocasionar una peripecia privada. Cruzar Baluchistán en bicicleta es una hazaña que terminó bien para el joven español. Final feliz, por tanto. Enhorabuena. Pero quisiera saber qué piensan de eso las familias de los siete policías paquistaníes muertos por unas miserables rupias.